VIVIR ES CAMINO

Lo reconozco, soy un adicto al Camino de Santiago; éste me ha creado adicción …, no puedo desengancharme y, como toda adicción, me causa placer y dolor.

¿Cómo, sino de adictivo, tendría que calificar lo que me sucede?

Es cosa curiosa: conozco los síntomas y conozco la cura.

Padezco el típico trauma post-camino, que tan sólo quienes lo hemos realizado en plenitud podemos reconocer.

Esto significa que, una vez vuelves a lo cotidiano, todo se derrumba y padeces ensoñaciones y deseos de regresar a él. Mitificas tus experiencias y te sientes extraño en tu propia casa, en tu ciudad, con tus amigos de siempre.

Del Camino se regresa con otros ojos, con otra mirada …, que quien bien te conoce detecta enseguida.

Al día siguiente de regresar a tu vida, digamos “normal”, te invade la añoranza y tiendes a repasar una y cientos de veces las fotos y recuerdos que has traído del Camino. Son como un nexo de unión contigo, una forma de transportarte a aquellos días maravillosos no exentos de dificultades, pero tan intensos, un tesoro vital cuya pérdida considerarías como la pérdida de ti mismo.

No paras de ver vídeos de otros peregrinos y te sientes identificado con todos ellos, como si fueras miembro de una hermandad escrita a golpe de pies cansados y sentimientos a lo largo de muchos siglos.

Y te entristeces.

Piensas continuamente en volver, olvidando a veces algo fundamental: el Camino enseña a caminar.

Pero reconozco la dificultad, de quien lo ha realizado en plenitud, de poder olvidar la experiencia.

La Vida es larga, el Camino de Santiago corto, pero tremendamente rápido y cargado de experiencias diarias que, en muchos casos, durante la Vida, se manifestarán más tardíamente.

Supone un auténtico shock a la mentalidad con la que lo iniciamos y el cúmulo de experiencias es brutal, de difícil digestión …, ¡de tantas y profundas que son!, empezando por la primera: conocerte a ti mismo, libre de las capas superficiales con las que nos adornamos o protegemos a diario.

En el fondo, creo, deseamos regresar al Camino por miedo a nosotros mismos y por sabernos conocedores de una alternativa mejor a nuestras existencias de diario.

Está claro, amigo mío -digo para mis adentros- : el Camino te ha atrapado. Es adictivo. En su equivalente, la Vida debe hacerse adictiva …, también genera momentos de dolor y es causa de placer porque, en otras circunstancias, estaríamos muertos.

Volver será una buena terapia, pero he de ser consciente de que cada Camino es único y no volveré a tener las mismas experiencias que tuve la última vez. Cambiarán las gentes, cambiarán las circunstancias …; el paisaje te recordará anteriores Caminos, anteriores abrazos y lágrimas, pero dentro de uno mismo se ha de ser consciente de vivir otro momento único, sin las lastras del pasado y buscar la regeneración nuevamente, porque si no, no habrá servido de nada.

Así se descubre otra de las maravillas y oportunidades que se nos ofrece: las diversas opciones de conocernos a nosotros mismos, sin encasillamientos, de sabernos en la posibilidad de ser mejores, de adaptarnos a las circunstancias, de reponernos y, una vez más, levantarnos cada día pensando en que hay un Camino por recorrer, en el que lo más importante no es la meta, sino cómo se llega a ella.

Al fin y al cabo, al final de todo Camino, con lo que uno se ha de quedar es con haber aprendido de los errores y el asumir haber sido, uno mismo, el resultado final de las decisiones que se han tomado ante las encrucijadas y de haber optado por el Camino correcto.

Autor: Jorge Villanueva

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