Archive | November 2015

Donde se hace Camino

Nunca se echa en falta algo hasta que se pierde, o cuando la distancia hace que el objeto de nuestros deseos cobre un halo de ideal soñado, sobre todo cuando la cruda realidad nos devuelve a lo que hemos adoptado como hábitos considerados normales.

Vivir el Camino de Santiago implica mucha añoranza cuando se regresa al mundo de lo cotidiano. Significa que, durante mucho tiempo, años quizás, anhelarás encontrar en tu vida lo que experimentaste en tu peregrinación, corriendo el riesgo de sentirte como un extraño en la sociedad que te ha tocado vivir…, y eso es un riesgo.

Durante un tiempo, y de manera más intensa si eres de los que se denominan “peregrinos de largo recorrido”, literalmente desconectas de todo y, al regresar a lo que llamamos hogar, te sorprende que el mundo haya seguido en sus derroteros.

Pones las noticias para enterarte, sorprendido, del agravamiento de la situación en el Oriente Próximo y en la Europa cercana, del pederasta o maltratador canalla que habita en tu país…, y te preguntas dónde has estado estos días y a qué mundo has regresado.

Todo cobra una mayor fuerza y gravedad cuando lo comparas con los recuerdos que traes del Camino, de los cuales tan sólo te has quedado con los gratos.

El Camino es como la Vida, se suele decir y yo diría aún más: el Camino es como el Amor.

Para vivir ambos hay que saber convivir con el otro, intentar comprenderlo y perdonar para quitar piedras a la mochila y hacer más llevadero el Camino.

Hacer de la convivencia algo cotidiano, de la sonrisa la tarjeta de presentación, de la ayuda desinteresada algo más que un gesto…, ¡es tan fácil en el Camino de Santiago…!, y tan difícil aplicarlo cuando el verdadero Camino comienza…, al regreso.

Es inevitable la comparación.

Recuerdas entonces la acogida en unos pueblos en donde nadie te conocía. Sólo sabían de ti que eras peregrino, como tantos otros. Como si faltara una parte de ti, sientes muy hondo la enorme ausencia y distancia que te separa ahora de aquel abrazo recibido entonces en Grañón, de aquella sinceridad y la comida compartida, los momentos de oración entre gente que no se conocía de nada; recuerdas la lágrima que se deslizaba y escapaba por la mejilla en una naturalidad que al principio sorprende pero que, rápidamente, asumes como intrínseca al Camino, resultándote extraño cualquier gesto contrario.

-“Ve al albergue de Bercianos. Hay un regalo para ti”, me dijo una monja de Carrión. Pensé en qué motivo habría para modificar mi plan previsto para ese día. No tenía sentido ir a Bercianos si pasaba la noche anterior en Sahagún. Apenas nueve kilómetros separan una población de otra y no iba a dejar de visitar la primera. Además, ¿qué hay en Bercianos? Sin embargo, acepté hacer corta esa etapa, retrasando un día mi llegada a Mansilla y quedar en Bercianos.

-“¿No es muy pronto para estar esperando ya a la puerta del albergue?”, me preguntaba sorprendida la hospitalera.

– “Ciertamente, pero una monja en Carrión me dijo que pasara por aquí, que había un regalo para mí”. Sin duda, mi respuesta debió resultar sorprendente.

-“¿Regalo? No sé nada de un regalo”.

Por supuesto, cómo va a haber un regalo para mí esperándome. Pero, curiosamente no me sentí un estúpido tras esta breve conversación. En otras circunstancias, la vergüenza – y el sentido común- me habría impedido actuar así. Pero no en el Camino. Todos los conceptos cambian.

Dado lo temprano de mi llegada y ante la posibilidad de permanecer muchas horas esperando la hora de apertura del albergue, me ofrecí a ayudarles en lo que quisieran y necesitaran.

-“Elige: patio o habitaciones”.

-“Patio”.

Mi regalo fue barrer, pero también lo fue cocinar, fregar, hablar, compartir, rezar,… Mi regalo fue recibir dando. Mi regalo fue el Camino.

¿Qué tendrá de mágico el Camino que provoca tales cambios en las personas? Personalmente creo que son las mismas personas las que lo hacen mágico, en su anhelo encontrado de poder hacer las cosas de diferente manera a lo que la realidad de nuestra sociedad nos ofrece.

En el Camino buscamos, porque lo vemos posible, un mundo mejor, pero como ya he dicho: el regalo es el mismo Camino y el verdadero Camino comienza cuando vuelves a casa.

Autor: Jorge Villanueva

Publicada en:  http://caminodesantiago.consumer.es/concurso-relatos/relato.php? id=140040#sthash.CPXVio3q.dpuf  ,el 26.08.2014

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VIVIR ES CAMINO

Lo reconozco, soy un adicto al Camino de Santiago; éste me ha creado adicción …, no puedo desengancharme y, como toda adicción, me causa placer y dolor.

¿Cómo, sino de adictivo, tendría que calificar lo que me sucede?

Es cosa curiosa: conozco los síntomas y conozco la cura.

Padezco el típico trauma post-camino, que tan sólo quienes lo hemos realizado en plenitud podemos reconocer.

Esto significa que, una vez vuelves a lo cotidiano, todo se derrumba y padeces ensoñaciones y deseos de regresar a él. Mitificas tus experiencias y te sientes extraño en tu propia casa, en tu ciudad, con tus amigos de siempre.

Del Camino se regresa con otros ojos, con otra mirada …, que quien bien te conoce detecta enseguida.

Al día siguiente de regresar a tu vida, digamos “normal”, te invade la añoranza y tiendes a repasar una y cientos de veces las fotos y recuerdos que has traído del Camino. Son como un nexo de unión contigo, una forma de transportarte a aquellos días maravillosos no exentos de dificultades, pero tan intensos, un tesoro vital cuya pérdida considerarías como la pérdida de ti mismo.

No paras de ver vídeos de otros peregrinos y te sientes identificado con todos ellos, como si fueras miembro de una hermandad escrita a golpe de pies cansados y sentimientos a lo largo de muchos siglos.

Y te entristeces.

Piensas continuamente en volver, olvidando a veces algo fundamental: el Camino enseña a caminar.

Pero reconozco la dificultad, de quien lo ha realizado en plenitud, de poder olvidar la experiencia.

La Vida es larga, el Camino de Santiago corto, pero tremendamente rápido y cargado de experiencias diarias que, en muchos casos, durante la Vida, se manifestarán más tardíamente.

Supone un auténtico shock a la mentalidad con la que lo iniciamos y el cúmulo de experiencias es brutal, de difícil digestión …, ¡de tantas y profundas que son!, empezando por la primera: conocerte a ti mismo, libre de las capas superficiales con las que nos adornamos o protegemos a diario.

En el fondo, creo, deseamos regresar al Camino por miedo a nosotros mismos y por sabernos conocedores de una alternativa mejor a nuestras existencias de diario.

Está claro, amigo mío -digo para mis adentros- : el Camino te ha atrapado. Es adictivo. En su equivalente, la Vida debe hacerse adictiva …, también genera momentos de dolor y es causa de placer porque, en otras circunstancias, estaríamos muertos.

Volver será una buena terapia, pero he de ser consciente de que cada Camino es único y no volveré a tener las mismas experiencias que tuve la última vez. Cambiarán las gentes, cambiarán las circunstancias …; el paisaje te recordará anteriores Caminos, anteriores abrazos y lágrimas, pero dentro de uno mismo se ha de ser consciente de vivir otro momento único, sin las lastras del pasado y buscar la regeneración nuevamente, porque si no, no habrá servido de nada.

Así se descubre otra de las maravillas y oportunidades que se nos ofrece: las diversas opciones de conocernos a nosotros mismos, sin encasillamientos, de sabernos en la posibilidad de ser mejores, de adaptarnos a las circunstancias, de reponernos y, una vez más, levantarnos cada día pensando en que hay un Camino por recorrer, en el que lo más importante no es la meta, sino cómo se llega a ella.

Al fin y al cabo, al final de todo Camino, con lo que uno se ha de quedar es con haber aprendido de los errores y el asumir haber sido, uno mismo, el resultado final de las decisiones que se han tomado ante las encrucijadas y de haber optado por el Camino correcto.

Autor: Jorge Villanueva